A veces, la vocación no llega por tradición directa. En ocasiones, basta una historia, un ejemplo, un recuerdo familiar que, sin quererlo, se convierte en una brújula. Así lo cuenta Adolfo, al recordar a su abuelo, el único médico de una extensa familia, que recorría en bicicleta los pueblos de la zona para atender a sus pacientes. “Yo no lo conocí, pero su figura estaba muy presente. Eso deja huella, incluso sin darte cuenta”, explica el médico de familia.
Lo que une a los tres no es solo el pasado, sino el presente compartido en una especialidad que a menudo se subestima, pero que es crucial para la salud de la población: la Medicina Familiar y Comunitaria. Una medicina que no necesita grandes tecnologías para tener impacto; solo requiere cabeza, manos, corazón… y estar ahí.
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